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El colapso del orden liberal internacional ya no es una hipótesis académica. Es la realidad con la que la UE se enfrenta a diario: el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca, la guerra en Ucrania y el fin de esa arquitectura multilateral que durante décadas garantizó estabilidad y previsibilidad en las relaciones internacionales. De hecho, la misma Ursula von der Leyen ha reconocido esta nueva realidad internacional. En este sentido, durante su viaje a China, Pedro Sánchez indicó que nos encontramos ante una pluralidad de poderes en el escenario global, pues vivimos una multipolaridad que requiere nuevos acercamientos hacia el Sur Global. Desde Brasil, el histórico asesor en asuntos internacionales de Lula, Celso Amorim, incluso alertó sobre una multipolaridad cualitativamente distinta de la de la primera década del siglo XXI, y el esquema de las esferas de influencia parecería haber regresado con tambores de guerra. Si miramos al papel de Sudamérica en el mundo durante la famosa marea rosada de presidentes progresistas—Chávez, Lula, Néstor Kirchner—, podemos inferir que, en ese entonces, la construcción de un mundo multipolar avalaba políticas exteriores de manera autónoma. La primera década de los 2000 dio lugar a políticas exteriores marcadas por la autonomía multipolar: una búsqueda de la autonomía condicionada estructuralmente e impulsada políticamente. En los casos de Argentina, Brasil y Venezuela, la política exterior no se limitó a un comportamiento defensivo, sino que reflejó esfuerzos proactivos por reconfigurar la inserción internacional, con oposición ideológica a la hegemonía estadounidense y con voluntad política de acercarse al resto del Sur Global. Se sugiere aquí que, en el contexto latinoamericano, factores estructurales como la multipolaridad y los intercambios comerciales invitan a los Estados a buscar su autonomía en política exterior. En el plano teórico, la autonomía multipolar se refiere a la capacidad de los Estados periféricos y semiperiféricos para construir relaciones diversificadas y multifacéticas con sus pares en el Sur Global, aprovechando la fragmentación del poder en el orden internacional para reducir la dependencia estructural de cualquier socio o de un bloque único. Es importante señalar que la autonomía multipolar busca ofrecerse como teoría alternativa a otras contribuciones, especialmente al realismo periférico (Schenoni y Escudé, 2016), que invita al alineamiento con una potencia hegemónica, Estados Unidos, que ha demostrado no ser más capaz de imponer su voluntad a escala global, como se vio durante la época unipolar de los años 90. Si bien la intervención militar en Venezuela pareció haber restablecido la hegemonía estadounidense en América Latina, ello no ha conllevado el alejamiento de China—primer socio comercial de varios países de la región—. Además, la Operación Resolución Absoluta ha enfatizado la necesidad de diversificar los partenariados internacionales de distintos gobiernos latinoamericanos, incluso los liderados por presidentes conservadores (Maresca, 2026).
Ahora bien, retomando las consideraciones de Celso Amorim, la atención reducida de Estados Unidos hacia América Latina durante la administración de G.W. Bush motivó a los presidentes de la marea rosada a buscar socios alternativos en el Sur Global. Por otro lado, el commodity boom iniciado en 2003 fue un factor determinante para que la región, y especialmente Sudamérica, resultara atractiva para varios países, en particular para China. En cambio, la actualidad muestra que el ejercicio de la autonomía en varios países latinoamericanos se va erosionando. El alineamiento automático de los gobiernos conservadores con Trump, motivado por razones puramente ideológicas, dificulta hablar de una autonomía multipolar a escala regional. No obstante, Brasil sigue siendo el outlier que, mediante el factor esencial de la autonomía multipolar —es decir, el rol de su presidente—, logra activar una política exterior autónoma que se remonta a la tradición latinoamericana. La Escuela Latinoamericana de Relaciones Internacionales ya había desarrollado el concepto de autonomía durante la Guerra Fría, con el objetivo preciso de determinar sus posicionamientos frente a Washington y a Moscú. La latinoamericana, en particular la de Brasil, apunta a construir una política exterior proactiva y no reactiva. Lo mismo no puede afirmarse de la estrategia europea actual, aunque algunos avances en esa dirección merecen reconocimiento. La autonomía estratégica europea, tal como la ejerce Bruselas, es esencialmente defensiva. Reducir la dependencia energética de Rusia, recalibrar la relación con Washington, proteger las cadenas de suministro tecnológicas de la penetración china. Son objetivos legítimos y urgentes, pero reactivos: Europa actúa en respuesta a los choques externos, no en anticipación de ellos. En este sentido, el alza en el precio de la energía, resultado del conflicto en Medio Oriente, obliga a Europa a recalcular las posibilidades reales de su autonomía estratégica, en especial en el ámbito energético. En Brasil, desde los años setenta, pensadores como Hélio Jaguaribe (1979) elaboraron una doctrina de autonomía arraigada en la realidad periférica del país. No una autonomía de defensa, sino de diversificación. No es una respuesta a la crisis, sino una estrategia de largo plazo para reducir la dependencia de cualquier socio único, ya sea Washington, Moscú o, actualmente, Pekín. Con Lula, esta tradición se convirtió en una praxis diplomática sistemática. La estrategia de la autonomía a través de la diversificación, teorizada por Vigevani y Cepaluni (2011), transformó a Brasil en un actor global capaz de albergar eventos diplomáticos como el G20, la cumbre BRICS y la COP30, manteniendo al mismo tiempo sólidas relaciones comerciales con la UE, una posición de neutralidad en el conflicto ucraniano y una presencia creciente en África y Oriente Medio. El problema es que Bruselas tiene dificultades para interpretar adecuadamente este comportamiento, aunque conviene matizar que la posición europea no es monolítica ni estática. Cuando Brasil se abstiene de votar en las Naciones Unidas en las resoluciones relativas a la invasión rusa de Ucrania, Europa lo interpreta como una falta de fiabilidad geopolítica. Cuando Lula profundiza los vínculos con China en el marco de los BRICS, la UE tiende a interpretarlo como una amenaza para sus intereses estratégicos. Sin embargo, los datos comerciales cuentan una historia diferente.
Según datos de Eurostat, en 2024 la Unión Europea recibió más de 45.000 millones de euros en exportaciones brasileñas, posicionándose como el segundo socio comercial de Brasil, después de China. Haciendo referencia a las últimas estadísticas disponibles de 2022, la base de datos de UN COMTRADE refleja que Rusia, en cambio, recibió apenas 4.000 millones de euros en exportaciones brasileñas. Brasil no está eligiendo entre Moscú y Bruselas. Está practicando exactamente esa diversificación que la propia Europa predica, aunque con dificultades para aceptarla cuando la ejercen sus socios del Sur Global. La cuestión ucraniana es emblemática. Lula ha mantenido una posición de neutralidad en el conflicto, pidiendo al Consejo de Seguridad de la ONU que acoja negociaciones directas entre Rusia y Ucrania. Instarle a Brasilia a que abandone esta postura equivale a exigirle que renuncie a su propia autonomía. Esta tensión no hace imposible la cooperación UE-Brasil, pero sí exige que Bruselas reconozca la naturaleza estructural del desacuerdo antes de superar sus efectos prácticos. Existe un segundo elemento que complica la relación entre la UE y Brasil: lo que algunos estudios denominan la trampa normativa europea (Karjalainen, 2023). La UE tiende a exportar sus propios estándares regulatorios a los socios, presentándolos como condiciones para la cooperación. El reglamento europeo sobre deforestación es el ejemplo más reciente. Nacido con el noble objetivo de impedir la importación de productos vinculados a la deforestación, el reglamento ha afectado duramente algunas de las principales exportaciones brasileñas: soja, carne vacuna, café, cacao y madera. La reacción del agronegocio brasileño fue intensa, impulsada por una campaña de desinformación que acusó a Europa de hipocresía. El Brasil de Lula III es una potencia media que alberga la mayor selva tropical del planeta, lidera la transición energética del hemisferio sur y tiene tanto el derecho como la capacidad para negociar en pie de igualdad. No obstante, reconocer esto no implica que la UE deba abandonar sus propios estándares ambientales: se trata más bien de construirlos conjuntamente, mediante una negociación genuinamente bilateral. El acuerdo UE-Mercosur, cuya aplicación provisional fue anunciada por von der Leyen en febrero de 2026, representa un paso significativo, aunque tardío, en la dirección correcta. Sin embargo, puede argumentarse que el ostracismo de la administración Trump hacia Europa ha sido el incentivo real para la valiente decisión de la Comisión. En definitiva, poniendo de un lado los asuntos puntuales en las relaciones UE-América Latina, como el acuerdo con el Mercosur o las cumbres UE-CELAC, hay un problema fundamental en el ejercicio de la autonomía europea, al menos cuando se mira a sus socios latinoamericanos. La política exterior de Lula puede enseñarle algo a Europa, si se observa con los lentes de la autonomía multipolar. El marco teórico de la autonomía multipolar no es exclusivo del Sur: también puede resultar útil para actores occidentales que navegan en un mundo multipolar en el que su primacía está siendo cuestionada. Por ende, el elemento fundamental es el liderazgo político del líder que traza un camino autónomo en política exterior, sin miedo a represalias. Si la autonomía estratégica europea quiere evolucionar de un reflejo defensivo a una doctrina proactiva genuina, precisará exactamente el tipo de orientación hacia el Sur Global que Brasil lleva décadas practicando.
En un momento en que la autonomía estratégica europea corre el riesgo de reducirse a un ejercicio defensivo y reactivo, acercarse a América Latina y al resto del Sur Global de manera horizontal resulta una necesidad política. Alternativamente, los riesgos pueden ser significativos. Las divergencias entre Bruselas y Brasilia pueden volverse agudas y no deben minimizarse, sobre todo de cara a unas elecciones brasileñas que mostrarán altos niveles de polarización. Al mismo tiempo, la relación UE-Brasil representa una oportunidad única para aprender a navegar juntos en un orden internacional que ya no obedece a las reglas que Occidente supo construir. La turbulenta realidad internacional convoca a liderazgos pragmáticos y proactivos para moldear las políticas exteriores del Norte Global y del Sur Global en el mundo multipolar desordenado en el que vivimos.


